Miguel Ángel Muñoz Sastre. [Ni químico ni sumiller, FORESTAL]
La palabra “descorche” tiene, en sí misma, una connotación de celebración. El descorche es el pistoletazo de salida de una fiesta o la bandera a cuadros que pone colofón a la misma. Descorchar es quitar el tapón de corcho, palabra que no sería adecuado aplicar, desde un punto de vista estricto, cuando entre nosotros y el vino se interpone un insulso y sintético tapón de silicona.
Me considero poco menos que un ignorante en esa maravillosa ciencia de descubrir secretos aromas y escondidos sabores conjugando el perfecto adiestramiento de nasa, lengua y paladar. Tan solo soy un adorador pagano de las sensaciones que un vino transmite al beberlo con cierta atención y disfruto del mejor pero tampoco rechazo un humilde cosechero con ese característico toque de acidez –también son de Dios-. También os digo que el vinagre lo escupo pues seré ignorante pero no tonto y el sentido de la vista me funciona, por lo cual no puedo evitar exclamar – cuando “destapono” una botella – ¡Otro puto tapón de silicona!
Si os digo que el enemigo del corcho es el tricloroanisol (TCA), a alguno os sonará a jarabe para la tos o a colutorio. Pues bien, la cuestión es muy sencilla: entre las sustancias que componen el corcho natural se encuentran los fenoles que al unirse con las partículas de cloro disueltas en el aire dan origen a otra sustancia que se llama triclorofenol (TPA), a esto le añadimos un ambiente húmedo y propicio para la formación de hongos que van a transformar el triclorofenol en tricloroanisol. Esta sustancia con nombre de blanqueador dental es la responsable del olor y sabor a corcho de algunos vinos. El problema puede deberse a un tratamiento inadecuado en la elaboración del corcho o porque la botella no ha tenido unas buenas condiciones de temperatura y humedad.
A raíz de todo esto comenzaron a utilizarse tapones de silicona que parecían ser la solución idónea para este problema y desde luego la más sencilla. Esperemos que en la sanidad no se apliquen estas medidas correctoras y ante un padrastro infectado nos amputen el brazo para evitar una potencial septicemia. Teniendo en cuenta las inversiones, los medios técnicos y los precios del vino sería exigible un mayor control de las condiciones de elaboración tanto del vino como del corcho. Y aún así, no todos los hijos nos van a salir listos y rubios, algo habrá que dejar para vinagre.
Bajo mi humilde opinión, el corcho es un material noble y vivo que por contacto contagia su nobleza y vitalidad además de agradar la vista cuando sale erguido, pausado y perfumado por el vino al que acompañó durante su gestación. Claro está que no dejan de ser apreciaciones subjetivas por lo que si queréis razones objetivas, valga decir que detrás de un tapón de corcho hay una industria menos contaminante que la de la silicona, que dinamiza la economía de muchas zonas desfavorecidas fijando población en el medio rural a través de los puestos de trabajo que genera y que contribuye a la conservación de los bosques de alcornoque de nuestro país.
Por todo esto os invito a “descorchar con corcho” y a beber con moderación y en buena compañía.






