El estado de los bosques españoles hace 50 años

Acabo de encontrar un interesante artículo publicado en 1958 por la revista Unasylva de la FAO, titulado “El programa español de repoblación forestal“. España había ingresado en esta organización mundial solo siete años antes. El artículo está firmado por el secretariado de la FAO y dice lo siguiente:

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Al igual que la mayoría de los países de la región mediterránea, España es muy pobre en bosques, aun cuando las estadísticas oficiales dan una superficie forestal de 25.000.000 de hectáreas. De ellas. 10 millones son montes con matorral y herbáceos; otros 10, montes adehesados o montes más o menos degradados, y sólo 4,5 millones se consideran montes bien poblados. Así, pues, la superficie verdaderamente boscosa es poco más de un tercio de la consignada oficialmente, y ni siquiera llega a la décima parte del territorio nacional.

¿Mucho o poco? Según el último inventario forestal nacional, realizado entre 2000 y 2006, hay unas 14,8 millones de hectáreas de bosques, sin contar las dehesas ni las zonas de arbolado ralo y disperso. La superficie de bosques españoles se ha triplicado: ha aumentado en más de diez millones de hectáreas en menos de cincuenta años.

El incremento medio anual ha sido de unas 205.000 hectáreas. Me gustaría compararlo con el esfuerzo de repoblación que ha habido en este medio siglo, pero no es fácil encontrar cifras. En los años 60-70 se repoblaban de media unas 80.000-90.000 hectáreas nuevas anuales. En los noventa, con el inicio de la reforestación de tierras agrarias, la media subió hasta 135.000 ha. En lo que llevamos de siglo XXI han caído a unas 70.000 ha.

Pero no todas las repoblaciones han sido exitosas. Además, sobre todo en los últimos decenios, una parte de las plantaciones se han hecho sobre terrenos incendiados que ya estaban cubiertas de bosques, por lo que no han supuesto aumento de la superficie arbolada global.

Estimo que solamente un tercio del crecimiento de la superficie de bosques que ha disfrutado (o sufrido) el país, se debe a repoblaciones artificiales. El resto hay que achacarlo al avance natural del bosque, que reocupa con facilidad y cierta rapidez los terrenos abandonados por la agricultura y la ganadería.

Lo paradógico de este cambio es que también se ha reducido la presión forestal sobre el territorio. Durante mucho tiempo se ha suspirado por ver la forma de producir riqueza sostenible en los montes y, ahora que hay bosques en relativa abundancia y buen estado, esa riqueza no es apreciada. Con hambre se aprovechaba hasta la última ramita de bosques ya esquilmados; ahora que el desarrollo de los bosques ha alcanzado velocidad de crucero, buena parte de la sociedad tiene fuertes remilgos para aprovechar esos recursos.

En el año 1958 las repoblaciones proporcionaron 13 millones de jornales a un campo empobrecido. Con los horarios y jornadas actuales serían el equivalente a más de sesenta mil empleos anuales. Entonces había cientos de miles de personas que podían así percibir algunos salarios. Ahora el impacto sobre el empleo es mucho menor.

Los siguientes párrafos del artículo de Unasylva pueden dar una idea de la importancia que tuvo aquel esfuerzo repoblador en algunas zonas:

“El caso de la labor efectuada en Huelva puede servir de ejemplo de los especiales efectos del programa. En dicha provincia, la administración del Estado adquirió y consorció, entre 1942 y 1956, un total de 84.000 hectáreas. En el momento de la transacción, todos los terrenos aparecían cubiertos, en su mayor parte, de sotobosque y maleza. Toda la superficie estaba prácticamente deshabitada, con la pasajera excepción de los pastores, y la de contados labradores que, por dedicarse a la agricultura migratoria, cultivaban algunos lotes de tierra cada doce o catorce años. El único ganado existente consistía en unos cuantos rebaños de cabras de poquísimo rendimiento. Puede afirmarse que la zona era, en su totalidad, un yermo improductivo. Clima (no más de 400 milímetros de precipitación pluvial mal repartida) y suelo (arenas aluviales y podsolizadas en su mayor parte) eran por demás adversos.

La zona repoblada en estos últimos años cubre 60.000 hectáreas, la mitad con especies de crecimiento rápido, principalmente eucaliptos y acacias, y de crecimiento lento el resto, sobre todo pinos.

Como resultado de esta labor, se han levantado veintiún pueblos nuevos, con escuelas, centros recreativos, etc., que albergan a más de 10.000 colonos y cuentan con 260 kilómetros de caminos de nueva construcción y una fábrica de pasta de celulosa. El paisaje ha cambiado totalmente, transformando una región casi desértica en otra moderna y muy productiva. En efecto, en la geografía local se ha operado una verdadera transformación.

Uno de los poblados forestales construidos en los 50, el de Los Cabezudos, cerca de Almonte, hoy prácticamente abandonado

Uno de los poblados forestales construidos en los 50, el de Los Cabezudos, cerca de Almonte, hoy prácticamente abandonado

En este proyecto se ha invertido una suma ligeramente superior a los 280 millones de pesetas, incluída la adquisición de tierras. Aproximadamente 10.000 hectáreas de eucaliptales son ya productivas, dando al año más de 50.000 metros cúbicos de madera, por valor de 25.000.000 de pesetas, y se calcula que el de las tierras rescatadas es, hoy, de unos 3.000 millones de pesetas.”

Nota: la agricultura migratoria era la que se hacía como en el neolítico: se cortaba y quemaba el matorral y el escaso arbolado, para que las cenizas abonaran el pobre suelo. Tras dos o tres años de cultivo de cereal, que apenas proporcionaba tres o cuatro granos por cada uno que se sembraba, el suelo quedaba agotado y se abandonaba. A los 10-15 años, tras un largo periodo de reposo,  se volvía a recomenzar. Así era en una buena parte del entorno de Doñana.  Nada que ver con las imágenes idílicas del campo que algunos imaginan existían antes de la industrialización y urbanización del país.

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