Acabo de leer la enésima información alarmista. Según parece la destrucción de la selva amazónica está provocando un aumento de los casos de malaria.
En la versión más exagerada, la que suele llegar al gran público, esta información ha tomado la forma de un titular impresionante: “Leves cambios en los bosques pueden duplicar la malaria“.
Teniendo en cuenta que la malaria es una de las peores enfermedades que sufre la humanidad el asunto no es grave, sino terrible. Según el informe mundial sobre el paludismo (el otro nombre de la malaria) de la OMS de 2005, hay anualmente entre 350 y 500 millones de casos clínicos, es decir entre el 10 y el 20% de la población que vive en las zonas de riesgo palúdico. Se estima que por esta causa muere más de un millón de personas al año. Cualquier elemento que incremente el riesgo de la enfermedad puede ser terrible, porque más de 3.000 millones de terrícolas viven en zonas con presencia de los vectores de la enfermedad.
¿Quién no tomaría de inmediato medidas radicales si lo que dice la prensa fuera cierto? Duplicar la malaria por eliminar pequeñas zonas de selva… ¿supondrá la muerte de cientos de miles y los sufrimientos de cientos de millones?
Pero no creáis lo que se ha dicho. No es más que propaganda y bastante falaz. Los estudios dicen en realidad otra cosa.
Pudiera quizás esperarse que este alarmismo procediera de algún periodista “comprometido” que ha tomado la tarea de exagerar para concienciar. Pero la cosa es más grave. El origen del titular se haya en una organización, la SciDev.Net o Red de Ciencia y Desarrollo que se presenta a sí misma como “una organización sin fines de lucro dedicada a brindar información confiable y autorizada sobre ciencia y tecnología para el mundo en desarrollo“.
Este artículo de SciDev.net tiene una de cal y otra de arena. Da también la palabra a uno de los muchos que cuestionan la relación entre malaria y cambio climático, insistiendo, en que esa enfermedad es una enfermedad del subdesarrollo.
Pero a SciDev se le cuela un terrible gol. El titular habla de duplicar. El texto del artículo cuenta que “un cambio del cuatro por ciento en la cobertura de la selva estuvo asociado con 48 por ciento de aumento en la incidencia de malaria“. Aumentar un 48% no es lo mismo que duplicar (que sería aumentar el 100%). Y tampoco es lo mismo explicar un 48% del aumento registrado, que aumentar un 48% la incidencia, ya que los factores influyentes suelen entremezclarse.
Es interesante estudiar con más detalle el artículo original. Se trata de una investigación realizada en un municipio de la región de Acre en Brasil.
Acre es uno de los estados más pequeños y poblados del Brasil, situado en la esquina occidental del país, en frontera con Perú. Cuando hablamos del avance de la deforestación amazónica hay que situar bien las cosas en su sitio y proporciones. Este estado tiene una extensión de 150.000 km2, un poco menos que Uruguay o casi un tercio de la España peninsular.
Su densidad de población es de solamente 3,7 habitantes por kilómetro cuadrado. Las provincias españolas más desérticas, como Soria y Teruel, tras una gran pérdida secular, están entre 9 y 10 habitantes por kilómetro cuadrado. Desde el punto de vista poblacional, el estado de Acre es un desierto. Otros países que tienen densidades semejantes son Libia (3,7), Canadá (3,4).
La zona objeto de este estudio sobre deforestación y malaria es el municipio de Mancio Lima, que tiene una superficie de 4.700 km2. Es uno de los menos poblados de esta región. Recientemente está sintiendo la llegada de muchos inmigrantes y en menos de 10 años la población ha aumentado un 30%, una tasa de crecimiento extraordinario. Pero la densidad sigue siendo bajísima, pasando de 2,4 a 3,1 habitantes por kilómetro cuadrado. Es decir ha pasado de la densidad de Namibia (2,6) a la de Mauritania (3,1).
Hay una razón de esta escasa población: se llama selva. La llegada de las gentes hace retroceder al bosque, lo que se ve claramente en las googlimágenes. De media cada año la selva retrocede en Acre entre 56.000 y 70.000 hectáreas anuales, según las fuentes (INPE o IMAC). El siguiente cuadro está publicado por el gobierno regional y muestra una cierta tendencia a la reducción de la tasa de deforestación en los últimos años:
En estos 15 años los acrianos han deforestado algo así como un 6% del territorio. Al ritmo medio de este periodo deforestación de estos 15 años, tardarán unos 20 en lograr que la selva reduzca su espacio a “solo” el 80% del territorio (las regiones más arboladas de Europa no suelen superar el 60%).
Pero hay algo importante en la gráfica. Al igual que en otras regiones brasileñas ha habido un bajón en el ritmo de deforestación. Las razones deben ser complejas (modelo de desarrollo más industrial del país, más oportunidades de trabajo, medidas de protección y seguimiento….), pero parecen estructurales y el descenso probablemente no será coyuntural. Al ritmo de estos últimos años, en los que más se ha notado el despegue económico del país, esa línea del 80% boscoso se alcanzará en unos 40 años.
Según los datos del artículo solamente se han estudiado 54 distritos, aquellos en donde se concentra casi toda la población y existen servicios sanitarios. Su superficie total es de un0s 1.300 km2, poco más de la cuarta parte del término municipal. Todo el resto está cubierto de bosque. Según el estudio en esa zona quedaba en 1997 un 59,8% de selva. En 2001 había descendido al 57,1% y en 2006 al 54,7%.
Ahora vayamos con la malaria.
Los autores parten de la hipótesis de que la deforestación está relacionada positivamente con un mayor riesgo de contraer malaria (en sus propias palabras: “Our hypothesis was that deforestation is positively associated with higher malaria risk in health districts in Mâncio Lima, Acre State“). Para demostrarlo (¿o será casualidad?) escogieron un municipio que en ese momento tenía una alta tasa de incidencia de la enfermedad y una alta tasa de deforestación.
He preparado un gráfico que muestra la evolución de malaria y deforestación en el estado de Acre.
Parece haber esa relación que servía de hipótesis a los científicos. Un buen tema local de estudio. Claro que para hacer conclusiones sobre la deforestación amazónica y la malaria quizás hubiera sido más interesante comparar varios casos en los que quizás la relación no fuera tan clara.
En cualquier caso algo así hicieron los investigadores a la pequeña escala municipal, distinguiendo los diferentes distritos de salud.
El artículo tiene dos interesantes mapas, que es posible descargar. Yo he preparado uno más: sobre la base del mapa de deforestación he señalado los distritos con mayor incidencia de la enfermedad, en contorno lila oscuro los superafectados, en claro los muy afectados. No he señalado los que tienen valores más bajos:
(los mapas originales pueden descargase aquí)
No parece haber una relación muy clara pues algunas de las zonas más afectadas están poco deforestadas o lo están de antiguo, mientras que en muchas otras zonas de avance de la población la enfermedad ha hecho menos progresos aparentemente. Pero con un análisis estadístico más fino los autores han llegado a la conclusión de que existe alguna correlación positiva entre deforestación y malaria.
La palabra clave aquí es “alguna”. Los autores han encontrado una correlación significativa entre ambos fenómenos cuando analizan los porcentajes de deforestación en los periodos 1997-2000, 1997-2001 y 1997-2002. Pero NO la hallan ni con el porcentaje de deforestación existente en 1997 ni para el periodo 2001-2006. En sus palabras: “Historic baseline deforestation in 1997 is not significant, but malaria risk and percentage deforestation from 1997–2002, 1997–2001, and 1997–2000 are signifi cant and positively correlated. More recent percentage deforestation changes from 2001 through 2006 are not associated with malaria risk, along with 1997 and 2000–2006 measures of absolute deforestation and cumulative percent deforestation“.
En algunos periodos sí hay correlación, en otros, no. Yo diría que se trata de un empate.
La idea ya viene reflejada en el gráfico que he colgado más arriba. Cuando la deforestación sube, parece subir la malaria. Pero cuando no es tan fuerte, la malaria es bastante menor.
Si de la información presentada por la prensa habías llegado a la conclusión de que a menos bosques más malaria, pues resulta que no. Los bosques pueden seguir decreciendo (aunque a una velocidad menor) y la malaria reducirse notablemente. ¿Cual es el misterio?
Los autores del artículo lo reflejan muy correctamente, aunque luego se les haya ido la mano en el resumen para proporcionar desproporcionadamente un dato aislado que resulte alarmista.
El que hubiera un 40% de deforestación en 1997, no tiene influencia en la malaria de 2006. El 3,4% extra de deforestación habido entre 2001 y 2006, no tiene influencia en la malaria de 2006. En cambio, la deforestación habida entre 1997 y 2001 (un 2,7%) explica casi la mitad de los casos habidos en 2006.
De hecho con la misma base científica que dicen que hay relación con un 4,3% de deforestación, podían haber dicho podían haber dicho que no la hay si solamente se deforesta un 3,6%. Porque la diferencia es que la primera se hizo en un periodo de tiempo determinado (1997-2001) y la segunda en otro (2001-2006). ¿Qué hubiera pasado si hubieran transmitido a la prensa que no hay relación entre deforestación y malaria, aunque aquella haya sido tan grande como un 40%, siempre que hubieran transcurrido al menos diez años desde que se eliminó la selva?
Tan probado científicamente resulta una conclusión como la otra. Pero una vez que calla la ciencia, parece tocar el turno a la propaganda política,
Pero he hecho un poco de trampa en uno de los últimos párrafos. En el artículo científico no se habla en ningún momento de que la deforestación cause aumento de la malaria o tenga influencia sobre ella. Simplemente se dice que en algunos casos (como hemos visto limitados al periodo 1997-2002) estás relacionados o asociados.
Es la misma trampa que se ha utilizado para llegar al gran público: pequeña deforestación provoca gran paludización.
¿Es causa la deforestación de aumento de la malaria? Quizás, pero no está nada claro. Perfectamente puede ocurrir que sean dos fenómenos asociados a un tercero, como es la llegada de nuevos inmigrantes que son especialmente sensibles a ser afectados por la enfermedad al no haber tenido nunca antes contacto con ella. Es curioso que por ejemplo en América, donde esa inmigración amazónica es fuerte se haya constatado el fenómeno, mientras los efectos son más contradictorios en Africa o Asia, en donde la población que se desplaza suele provenir de zonas ya afectadas por la malaria.
Se ha estudiado (aquí por ejemplo) una posible relación causal entre ambos fenómenos: parece haber más larvas de mosquito en las láminas de agua de zonas con más deforestación. Parece lógico por la mayor cantidad de predadores que encontrarán en la selva y, probablemente, un mayor número de “proveedores” de sangre en espacios con ganado y humanos. Pero todavía estamos lejos de completar una cadena causal.
Lo muestra por ejemplo otro estudio de 2008, también en la misma zona de Acre: Malaria on the Amazonian frontier.
¿Parece extraño? En realidad no lo es tanto. Lo que causa el incremento de la malaria no es la reducción del bosque en sí, al menos directamente. En artículos de los años 90 (aquí y aquí) se lo asocia a los nuevos hábitats creados por la creación de rutas, la erosión provocada o los trabajos mineros. Una reducción de esos hábitats por mejoras técnicas agroganaderas y de mantenimiento de las infraestructuras puede reducir de nuevo el riesgo.
En realidad hay una relación “fuerte” entre selva y malaria. Ambos necesitan mucha humedad (en la zona de estudio llueve 4.200 litros anuales). El mosquito transmisor del paludismo necesita charcas y zonas pantanosas. De hecho la mayor parte de las zonas palúdicas son muy boscosas y lo han sido durante milenios. Pero también se dan poblaciones de mosquitos en otros ambientes no boscosos, siempre que encuentren sus charcas favoritas.
La relación entre malaria y deforestación es por el contrario “débil”. De hecho una transformación agraria total de los bosques probablemente erradicaría a la malaria. Los agricultores y ganaderos no son amantes de las zonas encharcables y tienden en cuanto pueden a drenarlas y desecarlas. Donde más a avanzado la agricultura moderna, ha desaparecido el paludismo. De hecho si todavía existiera en Europa, probablemente la sociedad no vería con tan buenos ojos la conservación de los humedales.
El problema se da en la transición. Al limpiar el arbolado cambia el régimen hídrico del suelo, pero la instalación agroganadera no está aún consolidada. La combinación de simplificación del ecosistema y nuevas láminas de agua soleadas provoca inicialmente una expansión de las poblaciones de mosquitos. Pero se suele tratar de un fenómeno no permanente, debido a que la transformación del paisaje suele lograr con cierta facilidad eliminar algunas de esas condiciones favorables (por ejemplo reduciendo las zonas encharcables…).
Además llegan nuevos inmigrantes, muchos de los cuales no han desarrollado resistencia alguna y que trabajan en esas zonas. En el caso de Mancio Lima además se ha empezado a desarrollar la piscicultura, con sus estanques, lugares que pueden favorecer la expansión de las poblaciones de mosquitos.
Parece haber un efecto entre deforestación y malaria. Pero es temporal. Probablemente estas regiones vean descender notablemente la malaria, incluso con superficies de selva muy inferiores a las actuales.
Este cuadro muestra los datos de lo que los brasileños llaman el “índice parasitário”, es decir el número de casos clínicos cada 1000 habitantes, y lo he preparado con datos oficiales del DATASUS.
La malaria se contagia siempre de mosquito a persona. Por eso la reducción de casos puede deberse únicamente a una reducción en los contactos entre los insectos infectados y los humanos. En el marco de una deforestación bastante fuerte, esos contactos han disminuido fuertemente en el conjunto de Brasil, aunque local y temporalmente puedan haber aumentado. Entre 1990 y 2008 los casos por 1000 personas han caído a la mitad.
En los 90 había más de medio millón de casos en Brasil y probablemente otros muchos pasarían desapercibidos. En lo que llevamos de siglo, con el sistema sanitario actual, mucho más efectivo en detectarlos, los enfermos de malaria han descendido un 15% con una población que ha aumentado un 25% en un entorno bastante más deforestado.
Por eso el querer hallar en esta relación “débil” argumentos para preservar la selva es un error. Hay muchas razones para conservarla (aunque no sé si es necesario que lo sea al 88%), pero esta no es ninguna de ellas.
La malaria es una enfermedad ligada a la pobreza y el subdesarrollo. No tanto al de los grandes suburbios urbanos, sino al del mundo rural. Lo bueno del asunto es que altos niveles de desarrollo permiten a la vez conservar bosques y mejorar la salud. Esa parece ser una relación de las fuertes, pero a largo plazo. A veces, a corto, puede haber consecuencias indeseadas.
























