malaria y bosques tropicales

Acabo de leer la enésima información alarmista. Según parece la destrucción de la selva amazónica está provocando un aumento de los casos de malaria.

En la versión más exagerada, la que suele llegar al gran público, esta información ha tomado la forma de un titular impresionante: “Leves cambios en los bosques pueden duplicar la malaria“.

Teniendo en cuenta que la malaria es una de las peores enfermedades que sufre la humanidad el asunto no es grave, sino terrible. Según el  informe mundial sobre el paludismo (el otro nombre de la malaria) de la OMS de 2005, hay anualmente entre 350 y 500 millones de casos clínicos, es decir entre el 10 y el 20% de la población que vive en las zonas de riesgo palúdico. Se estima que por esta causa muere más de un millón de personas al año. Cualquier elemento que incremente el riesgo de la enfermedad puede ser terrible, porque más de 3.000 millones de terrícolas viven en zonas con presencia de los vectores de la enfermedad.

¿Quién no tomaría de inmediato medidas radicales si lo que dice la prensa fuera cierto? Duplicar la malaria por eliminar pequeñas zonas de selva… ¿supondrá la muerte de cientos de miles y los sufrimientos de cientos de millones?

Pero no creáis lo que se ha dicho. No es más que propaganda y bastante falaz. Los estudios dicen en realidad otra cosa.

Pudiera quizás esperarse que este alarmismo procediera de algún periodista “comprometido” que ha tomado la tarea de exagerar para concienciar. Pero la cosa es más grave. El origen del titular se haya en una organización, la SciDev.Net o  Red de Ciencia y Desarrollo que se presenta a sí misma como “una organización sin fines de lucro dedicada a brindar información confiable y autorizada sobre ciencia y tecnología para el mundo en desarrollo“.

Este artículo de SciDev.net tiene una de cal y otra de arena. Da también la palabra a uno de los muchos que cuestionan la relación entre malaria y cambio climático, insistiendo, en que esa enfermedad es una enfermedad del subdesarrollo.

Pero a SciDev se le cuela un terrible gol. El titular habla de duplicar. El texto del artículo cuenta que “un cambio del cuatro por ciento en la cobertura de la selva estuvo asociado con 48 por ciento de aumento en la incidencia de malaria“. Aumentar un 48% no es lo mismo que duplicar (que sería aumentar el 100%). Y tampoco es lo mismo explicar un 48% del aumento registrado, que aumentar un 48% la incidencia, ya que los factores influyentes suelen entremezclarse.

Es interesante estudiar con más detalle el artículo original. Se trata de una investigación realizada en un municipio de la región de Acre en Brasil.

Acre es uno de los estados más pequeños y poblados del Brasil, situado en la esquina occidental del país, en frontera con Perú. Cuando hablamos del avance de la deforestación amazónica hay que situar bien las cosas en su sitio y proporciones. Este estado tiene una extensión de 150.000 km2, un poco menos que Uruguay o casi un tercio de la España peninsular.

Su densidad de población es de solamente 3,7 habitantes por kilómetro cuadrado. Las provincias españolas más desérticas, como Soria y Teruel, tras una gran pérdida secular, están entre 9 y 10 habitantes por kilómetro cuadrado. Desde el punto de vista poblacional, el estado de Acre es un desierto. Otros países que tienen densidades semejantes son Libia (3,7), Canadá (3,4).

La zona objeto de este estudio sobre deforestación y malaria es el municipio de Mancio Lima, que tiene una superficie de 4.700 km2. Es uno de los menos poblados de esta región. Recientemente está sintiendo la llegada de muchos inmigrantes y en menos de 10 años la población ha aumentado un 30%, una tasa de crecimiento extraordinario. Pero la densidad sigue siendo bajísima, pasando de 2,4 a 3,1 habitantes por kilómetro cuadrado. Es decir ha pasado de la densidad de Namibia (2,6) a la de Mauritania (3,1).

Hay una razón de esta escasa población: se llama selva. La llegada de las gentes hace retroceder al bosque, lo que se ve claramente en las googlimágenes. De media cada año la selva retrocede en Acre entre 56.000 y 70.000 hectáreas anuales, según las fuentes (INPE o IMAC). El siguiente cuadro está publicado por el gobierno regional y muestra una cierta tendencia a la reducción de la tasa de deforestación en los últimos años:

En estos 15 años los acrianos han deforestado algo así como un 6% del territorio. Al ritmo medio de este periodo  deforestación de estos 15 años, tardarán unos 20 en lograr que la selva reduzca su espacio a “solo” el 80% del territorio (las regiones más arboladas de Europa no suelen superar el 60%).

Pero hay algo importante en la gráfica. Al igual que en otras regiones brasileñas ha habido un bajón en el ritmo de deforestación. Las razones deben ser complejas (modelo de desarrollo más industrial del país, más oportunidades de trabajo, medidas de protección y seguimiento….), pero parecen estructurales y el descenso probablemente no será coyuntural. Al ritmo de estos últimos años, en los que más se ha notado el despegue económico del país, esa línea del 80% boscoso se alcanzará en unos 40 años.

Según los datos del artículo solamente se han estudiado 54 distritos, aquellos en donde se concentra casi toda la población y existen servicios sanitarios. Su superficie total es de un0s 1.300 km2, poco más de la cuarta parte del término municipal. Todo el resto está cubierto de bosque. Según el estudio en esa zona  quedaba en 1997 un 59,8% de selva. En 2001 había descendido al 57,1% y en 2006 al 54,7%.

Ahora vayamos con la malaria.

Los autores parten de la hipótesis de que la deforestación está relacionada positivamente con un mayor riesgo de contraer malaria (en sus propias palabras: “Our hypothesis was that deforestation is positively associated with higher malaria risk in health districts in Mâncio Lima, Acre State“). Para demostrarlo  (¿o será casualidad?) escogieron un municipio que en ese momento tenía una alta tasa de incidencia de la enfermedad y una alta tasa de deforestación.

He preparado un gráfico que muestra la evolución de malaria y deforestación en el estado de Acre.

Parece haber esa relación que servía de hipótesis a los científicos. Un buen tema local de estudio. Claro que para hacer conclusiones sobre la deforestación amazónica y la malaria quizás hubiera sido más interesante comparar varios casos en los que quizás la relación no fuera tan clara.

En cualquier caso algo así hicieron los investigadores a la pequeña escala municipal, distinguiendo los diferentes distritos de salud.

El artículo tiene dos interesantes mapas, que es posible descargar. Yo he preparado uno más: sobre la base del mapa de deforestación he señalado los distritos con mayor incidencia de la enfermedad, en contorno lila oscuro los superafectados, en claro los muy afectados. No he señalado los que tienen valores más bajos:

(los mapas originales pueden descargase aquí)

No parece haber una relación muy clara pues algunas de las zonas más afectadas están poco deforestadas o lo están de antiguo, mientras que en muchas otras zonas de avance de la población la enfermedad ha hecho menos progresos aparentemente. Pero con un análisis estadístico más fino los autores han llegado a la conclusión de que existe alguna correlación positiva entre deforestación y malaria.

La palabra clave aquí es “alguna”. Los autores han encontrado una correlación significativa entre ambos fenómenos cuando analizan los porcentajes de deforestación en los periodos 1997-2000, 1997-2001 y 1997-2002. Pero NO la hallan ni con el porcentaje de deforestación existente en 1997 ni para el periodo 2001-2006. En sus palabras: “Historic baseline deforestation in 1997 is not significant, but malaria risk and percentage deforestation from 1997–2002, 1997–2001, and 1997–2000 are signifi cant and positively correlated. More recent percentage deforestation changes from 2001 through 2006 are not associated with malaria risk, along with 1997 and 2000–2006 measures of absolute deforestation and cumulative percent deforestation“.

En algunos periodos sí hay correlación, en otros, no. Yo diría que se trata de un empate.

La idea ya viene reflejada en el gráfico que he colgado más arriba. Cuando la deforestación sube, parece subir la malaria. Pero cuando no es tan fuerte, la malaria es bastante menor.

Si de la información presentada por la prensa habías llegado a la conclusión de que a menos bosques más malaria, pues resulta que no. Los bosques pueden seguir decreciendo (aunque a una velocidad menor) y la malaria reducirse notablemente. ¿Cual es el misterio?

Los autores del artículo lo reflejan muy correctamente, aunque luego se les haya ido la mano en el resumen para proporcionar desproporcionadamente un dato aislado que resulte alarmista.

El que hubiera un 40% de deforestación en 1997, no tiene influencia en la malaria de 2006. El 3,4% extra de deforestación habido entre 2001 y 2006, no tiene influencia en la malaria de 2006. En cambio, la deforestación habida entre 1997 y 2001 (un 2,7%) explica casi la mitad de los casos habidos en 2006.

De hecho con  la misma base científica que dicen que hay relación con un 4,3% de deforestación, podían haber dicho podían haber dicho que no la hay si solamente se deforesta un 3,6%. Porque la diferencia es que la primera se hizo en un periodo de tiempo determinado (1997-2001) y la segunda en otro (2001-2006). ¿Qué hubiera pasado si hubieran transmitido a la prensa que no hay relación entre deforestación y malaria, aunque aquella haya sido tan grande como un 40%, siempre que hubieran transcurrido al menos diez años desde que se eliminó la selva?

Tan probado científicamente resulta una conclusión como la otra. Pero una vez que calla la ciencia, parece tocar el turno a la propaganda política,

Pero he hecho un poco de trampa en uno de los últimos párrafos. En el artículo científico no se habla en ningún momento de que la deforestación cause aumento de la malaria o tenga influencia sobre ella. Simplemente se dice que en algunos casos (como hemos visto limitados al periodo 1997-2002) estás relacionados o asociados.

Es la misma trampa que se ha utilizado para llegar al gran público: pequeña deforestación provoca gran paludización.

¿Es causa la deforestación de aumento de la malaria? Quizás, pero no está nada claro. Perfectamente puede ocurrir que sean dos fenómenos asociados a un tercero, como es la llegada de nuevos inmigrantes que son especialmente sensibles a ser afectados por la enfermedad al no haber tenido nunca antes contacto con ella. Es curioso que por ejemplo en América, donde esa inmigración amazónica es fuerte se haya constatado el fenómeno, mientras los efectos son más contradictorios en Africa o Asia, en donde la población que se desplaza suele provenir de zonas ya afectadas por la malaria.

Se ha estudiado (aquí por ejemplo) una posible relación causal entre ambos fenómenos: parece haber más larvas de mosquito en las láminas de agua de zonas con más deforestación. Parece lógico por la mayor cantidad de predadores que encontrarán en la selva y, probablemente, un mayor número de “proveedores” de sangre en espacios con ganado y humanos. Pero todavía estamos lejos de completar una cadena causal.

Lo muestra por ejemplo otro estudio de 2008, también en la misma zona de Acre: Malaria on the Amazonian frontier.

¿Parece extraño? En realidad no lo es tanto. Lo que causa el incremento de la malaria no es la reducción del bosque en sí, al menos directamente.  En artículos de los años 90 (aquí y aquí) se lo asocia a los nuevos hábitats creados por la creación de rutas, la erosión provocada o los trabajos mineros. Una reducción de esos hábitats por mejoras técnicas agroganaderas y de mantenimiento de las infraestructuras puede reducir de nuevo el riesgo.

En realidad hay una relación “fuerte” entre selva y malaria. Ambos necesitan mucha humedad (en la zona de estudio llueve 4.200 litros anuales). El mosquito transmisor del paludismo necesita charcas y zonas pantanosas. De hecho la mayor parte de las zonas palúdicas son muy boscosas y lo han sido durante milenios. Pero también se dan poblaciones de mosquitos en otros ambientes no boscosos, siempre que encuentren sus charcas favoritas.

La relación entre malaria y deforestación es por el contrario “débil”. De hecho una transformación agraria total de los bosques probablemente erradicaría a la malaria. Los agricultores y ganaderos no son amantes de las zonas encharcables y tienden en cuanto pueden a drenarlas y desecarlas. Donde más a avanzado la agricultura moderna, ha desaparecido el paludismo. De hecho si todavía existiera en Europa, probablemente la sociedad no vería con tan buenos ojos la conservación de los humedales.

El problema se da en la transición. Al limpiar el arbolado cambia el régimen hídrico del suelo, pero la instalación agroganadera no está aún consolidada. La combinación de simplificación del ecosistema y nuevas láminas de agua soleadas provoca inicialmente una expansión de las poblaciones de mosquitos. Pero se suele tratar de un fenómeno no permanente, debido a que la transformación del paisaje suele lograr con cierta facilidad eliminar algunas de esas condiciones favorables (por ejemplo reduciendo las zonas encharcables…).

Además llegan nuevos inmigrantes, muchos de los cuales no han desarrollado resistencia alguna y que trabajan en esas zonas. En el caso de Mancio Lima además se ha empezado a desarrollar la piscicultura, con sus estanques, lugares que pueden favorecer la expansión de las poblaciones de mosquitos.

Parece haber un  efecto entre deforestación y malaria. Pero es temporal. Probablemente estas regiones vean descender notablemente la malaria, incluso con superficies de selva muy inferiores a las actuales.

Este cuadro muestra los datos de lo que los brasileños llaman el “índice parasitário”, es decir el número de casos clínicos cada 1000 habitantes, y lo he preparado con datos oficiales del DATASUS.

Índice parasitário anual (IPA) de malária (casos por 1000 habitantes)

La malaria se contagia siempre de mosquito a persona. Por eso la reducción de casos puede deberse únicamente a una reducción en los contactos entre los insectos infectados y los humanos. En el marco de una deforestación bastante fuerte, esos contactos han disminuido fuertemente en el conjunto de  Brasil, aunque local y temporalmente puedan haber aumentado. Entre 1990 y 2008 los casos por 1000 personas han caído a la mitad.

En los 90 había más de medio millón de casos en Brasil y probablemente otros muchos pasarían desapercibidos. En lo que llevamos de siglo, con el sistema sanitario actual, mucho más efectivo en detectarlos, los enfermos de malaria han descendido un 15% con una población que ha aumentado un 25%  en un entorno bastante más deforestado.

Por eso el querer hallar en esta relación “débil” argumentos para preservar la selva es un error. Hay muchas razones para conservarla (aunque no sé si es necesario que lo sea al 88%), pero esta no es ninguna de ellas.

La malaria es una enfermedad ligada a la pobreza y el subdesarrollo. No tanto al de los grandes suburbios urbanos, sino al del mundo rural. Lo bueno del asunto es que altos niveles de desarrollo permiten a la vez conservar bosques y mejorar la salud. Esa parece ser una relación de las fuertes, pero a largo plazo. A veces, a corto, puede haber consecuencias indeseadas.

¡Salud, bosques norteamericanos!

Uno no da a basto para salir al paso de las desinformaciones producidas por la propaganda verde. La última me vuelve a sacar de las casillas. Según parece un escarabajo asesino está acabando con los bosques de norteamérica, como consecuencia de una “infectación sin precedentes” que evidentemente se atribuye al cambio climatico.

Hay todo un estilo en hacerlo. En el primer párrafo se incluye alguna exageración tan gorda que cualquier persona, excepto los propios periodistas del medio en cuestión, la consideraría una mentira pura y dura. Luego se incluyen varias declaraciones de expertos, que son los que han generado la noticia, a veces a partir de investigaciones que en nada reflejan lo que dicen los titulares.

Esta vez el causante ha sido EFEVERDE, que se precia de haber recibido el premio a la “difusión y sensibilización” medioambiental (en mis tiempos a esto se le llamaba “agitprop“):

El engaño de la entradilla de la noticia es de los de asustar, pero que no es fácil de desmentir, pues hay que esforzarse en buscar los datos: “el escarabajo descortezador (bark beetle, en inglés) ha arrasado ya una quinta parte de los bosques del Oeste de Estados Unidos”.

El “Oeste” americano, forestalmente hablando está compuesto de dos grandes regiones, la del pacífico y la de las montañas Rocosas. Entre ambas hay según el inventario forestal del departamento de agricultura americano (2oo2), 123 millones de hectáreas arboladas. Según el propio servicio están afectadas 7 millones, una barbaridad pero que solamente suponen el 6% del total de los bosques, y no todas están arrasadas ni mucho menos.

Según otras fuentes del mismo servicio en el foco principal, en donde se desarrolla la alarma del artículo, en los estados de Colorado y Wyoming, según un reciente vuelo (2009) se ha comprobado que desde el inicio del foco en 1996 se han visto afectadas en esos estados 1,5 millones de hectáreas.   Como ambos estados cuentan con unos 14 millones de hectáreas de bosque, la superficie afectada está en torno al 11%. Eso en el foco central de la plaga.

Se habla también que esta plaga afecta a los cercanos bosques canadienses. Allá según los últimos datos (2009), los insectos de la corteza (dendroctonus) afectan a unos 9 millones de hectáreas, lo que supone el 2,2% de los bosques del país.

La siguiente idea central del artículo, es de esas que hacen merecedora de los premios de “sensibilización”. Se trata de que esto es algo sin precedentes, nunca visto, tras lo que evidentemente debe hallarse la culpa humana (ese pecado que según algunos llevamos arrastrando por haber querido disfrutar de los frutos del bosque).

No he conseguido encontrar datos de la evolución de superficies afectadas en los Estados Unidos. Pero los canadienses sí tienen estadísticas bastante detalladas, que ya utilicé en un anterior artículo sobre la salud de los bosques boreales.

Como de costumbre he preparado un par de gráficos ilustrativos.  En el primero se ve la evolución de la superficie afectada por diferentes plagas. Los escarabajos mal llamados  ”asesinos” son los de color rojo. Han tenido una fuerte expansión desde principio de siglo. Los datos de 2009 parecen indicar un ligero repunte y no confirman la bajada que se ve en el 2008.

Pero el cuadro muestra que las grandes plagas son bastante normales, así como sus altibajos. Los 10 millones de hectáreas que han alcanzado estos dendroctonus se quedan lejos de los casi 20 millones afectadas en 1991 por una oruga, la Malacosoma disstria. O son de una dimensión semejante a la de los ataques de la Choristoneura fumiferana que afectó a muchos bosques de piceas y abetos a principios de los noventa.

La plaga del Dendroctonus ponderosae puede ser más mortífera. Afecta a varias especies de pinos, por lo que su impacto en bosques complejos, como los que están siendo afectados en buena parte es menor. Como las otras plagas, esta también tendrá su pico (posiblemente ya hemos llegado a él) y luego volverá a caer a niveles más bajos. Pero que no se preocupen los periodistas alarmistas, que ya vendrá otra plaga con la que asustarnos.

Pero ahora viene lo bueno. ¿Qué explicación tienen estas plagas? ¿Serán los avisos de un Moisés ecológico, esta vez para que abandonemos la tierra prometida?

Para no alargar demasiado este artículo no voy a entrar en los efectos del cambio climático. Quedará para otro día. Pero hoy solamente un apunte sobre los inviernos suaves que favorecen a las plagas. He bajado el gráfico de los tres últimos inviernos que prepara el National Climatic Data Center. Los anteriores, que en general fueron más cálidos,  los podéis ver aquí. He bajado los últimos por eso mismo porque son los más recientes y en general son más bien fríos:

Ya véis que este es un tema del que se habla con ligereza y dando por supuestas muchas cosas.

Pero hay otra cosa sobre la que me gustaría llamar la atención. Hemos llegado un punto en el amor a la naturaleza que algunos no pueden entender que los seres vivos…. se mueren. Si no hay suficientes accidentes (incendios, huracanes, sequías…) antes o después llegaran otras especies oportunistas, como insectos y hongos, y los acabarán matando.

El citado informe estadístico de los USA trae unos datos muy interesantes, los de crecimiento, mortalidad y aprovechamiento. La diferencia entre estas magnitudes puede dar una idea de la acumulación o pérdida de biomasa leñosa en los bosques. Los bosques no pueden acumular madera “viva” de manera indefinida. Cuando el “depósito” está lleno los árboles no dejan de crecer, pero tampoco de morir.

Los estados en donde está haciendo estragos esta plaga son algunos de los que tienen bosques mejor conservados (fueron poco afectados por la agricultura en el XIX y principios del XX) y son muy poco explotados. Incluyen grandes parques y reservas.

He seleccionado lo que parecen ser los tres estados más afectados, Colorado, Montana y Wyoming. En sus bosques crecen cada año unos 28 millones de metros cúbicos pero solamente se cortan menos de 6. Tengo la impresión de que muchos de ellos están “llenos” desde hace tiempo. Lo lógico es que la mortalidad se vaya acercando al crecimiento.

De hecho mueren árboles que cubican más o menos la mitad del nuevo crecimiento. Mueren más en donde menos se corta (hasta un 63% en Colorado) y menos donde hay más aprovechamientos.

Tal vez estos inviernos más fríos (el de 2010, con La Niña en acción,  se pronostica más húmedo y frío en esa zona) reduzcan las poblaciones de insectos. Durante un tiempo los huecos dejados por los árboles muertos serán ocupados por nuevas plantas, como ha venido ocurriendo desde el inicio de los tiempos biológicos. Que nadie espere encontrar especies inmortales. Si, tal como venimos haciendo desde hace más de un siglo, dejamos grandes territorios sin intervención humana, deberemos acostumbrando a ver morir los árboles, a veces de manera individual o en pequeños accidentes, a veces con grandes catástrofes. Si nos seguimos encontrando en esa especie de adolescencia ecologista que predomina en el ambiente social y no queremos admitir la realidad con su crudeza, mal lo vamos a pasar.

Los incendios de Bolivia en 2010, dentro de lo normal

A principios de septiembre escribí un largo artículo sobre los incendios forestales de Bolivia. En aquellas fechas la situación parecía, y era, alarmante. El gran número de fuegos habían llamado la atención de la prensa internacional, a veces con los clásicos enlaces con “la creciente deforestación amazónica” y “el cambio climático que nos acecha”.

Han pasado dos meses. El periodo de máximo riesgo de fuegos ha pasado (en noviembre y diciembre suelen suceder solo el 8% de los fuegos anuales). Ya es hora de hacer un balance.

En el continente sudamericano tenemos el problema de la escasez de datos de seguimiento de incendios, para poder situar la gravedad relativa de lo sucedido este año. En el anterior artículo tuve que hacer una componenda uniendo datos procedentes de dos fuentes para disponer de una idea de lo sucedido en el periodo 2002-2010.

Pero acabo de encontrar otra fuente, la del “Centro de Previsão de Tempo e Estudos Climáticos” de Brasil. Tiene una página muy interesante y recomendable (con versión en español) de la que he extraído estos datos, empezando por 2001.

Es posible descargarse incluso una pequeña animación pasando mes a mes la situación de los focos de fuego para varios países, entre ellos Bolivia (además de Brasil, también de Paraguay y Perú).

Como casi siempre la realidad suele ser más modesta que lo que transmiten los titulares de la prensa. Hubo unos días realmente malos en Bolivia este verano. Mucha gente sufrió y hubo importantes daños. Pero el balance global es bastante diferente de la idea que nos hicimos entonces.

Si lo comparamos con otros años (para el periodo enero-octubre) el  2010  no ha destacado. Incluso ha estado por debajo de la media, 17.700 entre 2001-2009 y solamente 16.600 en 3el presente. Es posible que los incendios hayan sido más grandes o hayan afectado a más superficie, pero no es posible saberlo con estas informaciones. En general hay una cierta proporción entre número de incendios y superficie ardida, así que no estaremos lejos de la media.

Pero la media es engañosa. Hay una gran variación de unos años a otros. El año que más fuegos hubo (2004 con 31.500) supero en tres veces y media al que menos (2009 con 8.800). Así que la proximidad a la media del 2010 quiere decir que ha estado muy alejado de los años con más incendios. De hecho y para el periodo comparable (enero a octubre) 2010 no es ni el primero ni el segundo, sino el sexto en la lista de diez años.

Bueno, quizás este año haya llamado la atención por la fuerte concentración de los fuegos.  Tal vez lo haya sido a escala de días, pero no de meses.  El mes peor en 2010 fue agosto con 6.568 focos (recordemos que otros sistemas de seguimiento pueden dar valores diferentes, pero ahora nos interesa una comparación en el tiempo a partir de un mismo sistema). septiembre no estuvo muy lejos, con 5.871.

Pero estas cifras quedan lejos del récord. Ambos meses no han llegado siquiera a subirse al podium, aun a pesar del escaso número de años que concurrían; se han quedado cuartos. la medalla de oro para agosto le corresponde al 2006, y este es el aspecto que tenía el mapa de los focos acumulados, comparándolo con el del 2010.

En cuanto a septiembre, el récord lo ostenta el año 2004. Aquel mes sufrió 16.980 incendios, es decir más que todos los que llevamos en este año. El contraste entre las imágenes es más espectacular, ya que hubo tres veces más fuegos:

Septiembre ha sido al parecer muy tranquilito, el tercero con menos fuegos de la década.

La web brasilera proporciona además mapas de las anomalías, es decir de las diferencias respecto a la media de ese periodo. He bajado los correspondientes a agosto y septiembre de 2010: En general en buena parte de Bolivia los fuegos han bajado ligeramente de la media, pero hay algunos pocos puntos en donde se han hecho notar muy descaradamente.

Obsérvese que, sobretodo en agosto, las zonas más afectadas (en Bolivia, pero también en Argentina y Paraguay) se encuentran en los bordes de la zona de riesgo de incendios y las zonas con menos fuegos en el interior de esas manchas. No encuentro explicación, quizás algún colega andino nos lo pudiera aclarar.

¿Y cual es la imagen global de los fuegos de este periodo? Una imagen en descenso. Aun dentro de la gran variabilidad (por la que a nadie debería extrañar que hubiera años peores en el futuro próximo) se distingue una clara tendencia a la reducción de los fuegos:

Cada año se producen 500 incendios menos que el anterior, de media. En la segunda mitad del decenio se han originado 25.000 incendios menos que en el primer quinquenio. No está nada mal. Una reducción de un 25%.

¿Es esta la imagen que tiene el público de la situación de los fuegos en Bolivia? Me temo que no. En el mundo actual un titular vale más que cien mil datos. Una lástima.

(nota final: hay algunas incongruencias todavía en los datos satelitales; incluso parece haber una errata en las informaciones del DSA brasileño, pues para 2008 habla de 19.276 focos en el resumen anual, en tanto que los mensuales no dan más que una suma de 10.423).

La pampa y la selva: una inquietante relación

A raíz de un comentario reciente recordé unos artículos que había leído hace un tiempo sobre las lluvias en La Pampa. Hoy quiero volver sobre este tema que me parece todavía muy poco conocido y menos aún comprendido.

El comentario decía que “desde el punto de vista de la atmósfera, la selva amazónica equivale a tener un océano en el medio del continente americano, y las lluvias de la pampa húmeda argentina y del sur agrícola brasileño dependen en gran parte de ella. ¿Qué pasará a medida que siga avanzando la deforestación?

Es una preocupación legítima y concuerda muy bien con todo lo que hemos aprendido sobre el efecto beneficioso de los bosques para las lluvias. Al menos así lo han difundido los forestales desde el siglo XVIII. Pero a veces la realidad es mucho más compleja e inquietante.

La Pampa es un impresionante paisaje llano que se extiende por Argentina y Uruguay, a lo largo de 1200 km de largo y 800 de ancho. En ese plano poco elevado tiene una extensión en la que cabría dos veces España.

Como contaba en un anterior post (“Las difíciles relaciones de don Arbol y doña Pampa“), en esta zona no llueve demasiado y apenas hay más ríos que los que de forma concentrada desaguan las lluvias de los Andes y la selva Misionera. Pero curiosamente es un espacio plagado de humedales, lagos y lagunas, algunos inmensos, otras secas. En las zonas más húmedas caen unos 1000 litros, en las más secas apenas superan los 400.

El artículo que me había llamado la atención trataba de la evolución del régimen de lluvias en la Pampa. Hacía referencia a un estudio , “Impacts study of change on climate during the 20th Century in Argentina”, realizado en 2001-2002 y que tenía un capítulo sobre hidrología elaborado por Canziani, Gimenez y Zubiria.  La conclusión era para mí sorprendente: las lluvias en la Pampa se habían incrementado en los últimos decenios, y en una proporción a la que yo no estaba nada acostumbrado.

Le he dedicado bastante tiempo a estudiar el asunto, bajando datos pluviométricos y elaborando mapas. Los datos que he conseguido son aún más sorprendentes.

Al parecer ya a principios de los ochenta los climatólogos argentinos se habían percatado del asunto.  Además por entonces habían salido en la prensa algunos fenómenos sorprendentes. Por ejemplo a fines de los setenta el nivel del gran lago interior de la Pampa, conocido como “la Mar Chiquita” empezó a subir. Su superficie que había ido bajando en épocas históricas hasta las 200.000 hectáreas, fue subiendo hasta llegar algunos años a alcanzar cerca de las 600.000. Balnearios construidos en sus orillas en los años treinta fueron abandonados. Algo parecido pasó en otras lagunas, como la de Melincue. Las poblaciones ribereñas sufrieron una gran crisis con fuerte descenso de la población al hundirse la industria turística. Incluso algunos achacaron a estos cambios la causa de un terremoto en 1977.

Pero por entonces no se hablaba de cambio climático, al menos en los términos actuales. Cuando se estudiaron los datos de las estaciones meteorológicas se hizo el descubrimiento de que las isoyetas, es decir las líneas que se utilizan en los mapas para indicar las zonas de igual precipitación, se habían ido desplazando más de 100 km.

gráfico procedente de "Impacts study of change on climate during the 20th Century in Argentina". La distancia entre Buenos Aires y Bahía Blanca (los dos puntos rojos) es de 570 km.

Sorprendido por la magnitud del fenómeno, he querido confirmarlo por otra fuente. He aprovechado que el Global Precipitation Climatology Centre del servicio meteorológico alemán, tiene disponible un análisis de la evolución de las precipitaciones mes a mes desde 1901. Los próximos mapas y cuadros los he preparado utilizando esas informaciones.

He seleccionado una amplia zona que incluye la mayor parte de la Pampa (que aun sigue algo por el norte, adentrándose en Brasil). El incremento de las precipitaciones parece sostenida y va más allá de los años 70, como se decía en los primeros artículos sobre este fenómeno:

He dividido todo el periodo en cuatro tramos iguales, de casi 30 años, que es el lapso que los climatólogos suelen utilizar para analizar tendencias. El incremento es mayor en los dos últimos periodos, pero se inicia mucho antes de que se hable del cambio climático originado por los humanos.

Este aumento de la humedad no evita que haya sequías. Una gráfica de la evolución año a año muestra que puede haber periodos bastante secos, y de hecho últimamente hemos vivido alguno de ellos.   Pero la tendencia parece sólida y firme:

La distribución de ese incremento es también bastante significativa. El siguiente mapa muestra la diferencia de precipitaciones medias entre el periodo 1982-2007 y 1901-1927:

No llueve más cerca de la costa sino hacia el interior. las diferencias pueden ser extraordinarias: 300 litros extra al año en el norte de Uruguay, más de 200 en buena parte del “granero argentino”. De hecho muchas de las zonas actualmente en cultivo y que sostienen buena parte de las exportaciones agrícolas  argentinas se dan en zonas que hace un siglo no se consideraban aptas para el cultivo, y eso sin un sistema de regadíos artificial.

Es difícil hacerse una idea del alcance de estas cifras. En la zona del mapa, el extra de agua que se recibe actualmente, comparado con la que caía hace un siglo, es de unos 170.00 Hm3 (he tenido que repetir los cálculos varias veces de lo sorprendido que estaba). Esto supone unas tres veces la capacidad de todos los embalses españoles, que no es poco. Siete veces más que el consumo total de agua en España, incluyendo los numerosos regadíos…

la cantidad es inmensa y además, al menos para la agricultura, se distribuye de manera bastante regular, sin necesidad de embalses ni tuberías. Un chollo,  a pesar de que en algunos puntos cree problemas a las infraestructuras o a los campos.

El siguiente mapa muestra lo mismo, pero en porcentaje respecto a las precipitaciones originales.

Para gran suerte de los agricultores, en general se ha incrementado más las precipitaciones en donde llovía menos. Quizás que lluevan 200 litros más en donde ya caían 2000 no tiene gran relevancia, pero si caen 70 extras donde solamente se disponía de  300, son un verdadero “regalo del cielo”.

Si observamos estos mapas se puede ver un claro gradiente. Aparentemente las lluvias no  disminuyen según vamos hacia el interior del continente, lo que sería lo más lógico, sino en dirección NO-SO, de manera más o menos paralela a la costa.  Imagino que esto se debe a que los vientos dominantes húmedos, los que traen las precipitaciones vienen precisamente de esa zona del nordeste. ¿Qué hay en esa zona?

Selva. Son los ecosistemas que los argentinos conocen como la selva misionera y los brasileños como la “mata atlántica“, o que también se conoce como “selva paranaense” por el nombre del principal río que la desagua. Es una zona de  aproximadamente 1 millón de kilómetros cuadrados, más o menos la misma superficie que la Pampa. Parece haber un hermanamiento entre ambas, ya que esa selva tropical, o subtropical, sirve de manantial aéreo para el ecosistema más herbáceo y de matorral pampero.

Para entender esa situación he preparado un mapa con las precipitaciones medias de esa zona de América a lo largo del último siglo.

Se puede observar el foco húmedo donde crece esta selva y el paulatino descenso de las precipitaciones hacia el soroeste.

Ahora viene lo inquietante. Se supone que si esa selva va desapareciendo, descenderá la evapotranspiración y aumentará la escorrentía. Habrá menos nubes y se agudizará la sequía en la Pampa, a cientos de kilómetros de distancia.

Y realmente esta selva ha retrocedido fuertemente, especialmente en Brasil. Se cuenta que la selva paranaense cubría hace un siglo de 50 a 70 millones de hectáreas, pero se estima que no queda ya más que un 10% de la superficie original. De hecho se considera una de las selvas más amenazadas del mundo. Posiblemente es la zona de selva tropical con mayor densidad de población humana del mundo (incluye por ejemplo las ciudades de Rio de Janeiro, Sao Paulo o la capital paraguaya, Asunción.

A ese 10% remanente habría que añadir las repoblaciones forestales que la han sustituido parcialmente (pinos y eucaliptos), que a efectos de la evapotranspiración pueden tener un efecto bastante semejante al de la selva original. Pero se trata de superficies no muy grandes, digamos otro 10%.

¿No debería notarse esa reducción de las cuatro quintas partes de selva en el régimen hídrico de la Pampa? Todos piensan que sí, pero está ocurriendo justo lo contrario.

No he leido en ningún lugar ninguna teoría que relacione estos dos fenómenos. Seguramente si el fenómeno hubiera sido el contrario, un descenso de las lluvias, ya habríamos oído las habituales voces de denuncia.

Tal vez sea algo tan evidente para los conocedores del tema, que no merece la pena ser estudiado. O tal vez resulte tan chocante para nuestras ideas “yastablecidas” que la cuestión resulta inquietante, casi herética.

Mi intuición me dice que probablemente se trate de una coincidencia. Pero dos fenómenos cambiantes de tan gran escala, conectados físicamente por una línea de vientos.. Creo que se trata de un fenómeno que  merece ser más estudiado, aunque solo fuera para descartar la pesadilla de esta terrible idea: que la destrucción del bosque pudiera aumentar la humedad y suavizar el clima de regiones alejadas…, justo lo contrario de lo que venimos pensando los forestales desde el siglo XVIII.

Pero antes que nada. Aunque se demostrara que una deforestación masiva haya provocado efectos benéficos a cientos de kilómetros (aunque algunos hayan sido bastante perjudiciales como inundaciones), no basta para justificar –o desjustificar- las decisiones que han dado lugar a la transformación de grandes zonas de selva.

Pero para un viejo forestal resulta inquietante, muy inquietante.

Por eso me he puesto a analizar un poco más y he ampliado el mapa de cambio de las precipitaciones a lo largo del siglo XX al continente sudamericano (excepto las zonas andinas que tienen régimen de precipitaciones muy diferentes).

A una escala mayor se puede ver que los cambios en las precipitaciones son más habituales de lo que parecía, al menos en esta zona del mundo. Han aumentado fuertemente en la cuenca amazónica, aunque allá el pasar de 3.000 a 3.300 litros no debe hacer mucha diferencia.

Pero a habido una fuerte disminución en la zona conocida como el Cerrado, una paisaje de sabanas tropicales. A nivel global, en toda la zona cubierta por el mapa parece que los aumentos de unos sitios se compensan con pérdidas en otros, aunque se mantiene una ligero pero sostenido  incremento de un 5%. Pero la mayor parte se da en la primera mitad del XX, cuando hay menos estaciones y los datos son menos fiables. La pérdida de una parte tan importante de bosques húmedos parece haber tenido efectos menores, o al menos ocultos por tendencias climáticas de otro origen (¿será un ciclo muy largo? ¿será puro desorden aleatorio?)

No me atrevo a sacar ninguna conclusión, salvo que quizás a gran escala el régimen de precipitaciones no es tan estable como se suele suponer.  Las consecuencias que puede tener esta redistribución de las lluvias, que recuerdo viene de lejos y es difícil de achacar a cambios climáticos recientes, pueden ser muy importantes, tanto para el futuro de los bosques como de la agricultura.  Imaginemos solo lo que puede pasar en uno de los grandes graneros del mundo como es la Pampa, si la tendencia se revierte y isoyetas vuelven a desplazarse hacia el norte.

árboles, coches, CO2 y publicidad

Últimamente se ha puesto de moda esto de la compensación por las emisiones de  CO2. hace pocos días Bancaja anunciaba la puesta en marcha de un sistema ecológico de renting de vehículos, que ha llamado “Renting Verde Bancaja“.

En resumen: Bancaja se compromete a pagar el coste de reforestación de unas parcelas en Mexico para compensar el CO2 emitido por los vehículos en renting en los primeros 25.000 km.

Evidentemente quien va a pagar ese servicio no es Bancaja, sino el cliente. Tal vez a este le interesaría saber cuanto va a costarle de más:

Hagamos unos cálculos. De media un vehículo nuevo de tamaño medio emite entre 140 y 180 gramos de CO2 por kilómetro recorrido.  A lo largo de 25.000 kilómetros habría emitido entre 3,5 y 4,5 toneladas.

El proyecto en el que va a invertir Bancaja para ser más verde se encuentra en Sierra Gorda, en Mexico. Según las informaciones de la ONG que lo promueve, llamada ceroco2, “el proyecto prevé actualmente la captación total de 115.185 toneladas de CO2e a lo largo de un periodo de 46 años, mediante la creación y mantenimiento de 163 reforestaciones con árboles nativos a pequeña escala (una media de 1,2 hectáreas) a partir de 1997, plantadas y manejadas por los numerosos propietarios de las tierras.”

Las 163 parcelas de 1,2 hectáreas suponen aproximadamente 200 hectáreas, en las  que se van a fija por tanto de media 575 toneladas de CO2 por hectárea.

¿Cuanto cuesta esta compensación?  Los costes de referencia oficiales utilizados en Mexico “para actividades de reforestación o restauración y su mantenimiento“, se encontraban en 2006  torno a los 8-9.000 pesos por hectárea, variando algo según la zona. La inflación mexicana es bastante moderada, en torno a un 4,5% anual, por lo que esos costes de referencia, cuatro años más tarde estarían en torno a 9.500-10.500 pesos mexicanos.

Esta cantidad, al cambio actual del euro supone aproximadamente entre 550 y 620 euros por hectárea. Redondeando, 1 euro por tonelada de CO2. Unos 4 euros por cada contrato de renting.

No conozco la tasa de participación de Bancaja en el renting de vehículos. En la Asociación Española de Renting de Vehículos participan 21 empresas. Supongamos que Bancaja sea la 22 y que su parte del mercado sea una 22ava parte. Es mucho suponer, pero nos puede dar una idea del volumen de negocio y del efecto sobre los bosques mexicanos.

El renting de vehículos está cayendo espectacularmente. Posiblemente sea la contracción del mercado el que haya llevado a estas iniciativas verdes. Según datos de la citada asociación las compras de vehículos por las empresas de renting han caído de 202.000 en el año record de 2007 a poco más de 93.000 en 2009 y probablemente sigan cayendo este año.

La 22ava parte son unos 4.200 vehículos. A cuatro euros de coste en las inversiones compensatorias mexicanas son unos 17.000 euros. Como supongo que esas ayudas van a través de fundaciones pueden conllevar desgravaciones de alguna importancia, pero por otra parte el coste real para Bancaja será bastante más elevado, pues los gastos de gestión de estos proyectos internacionales suelen ser muy elevados.

Supongamos, es solo un suponer, que algún directivo de Bancaja desea ir a comprobar el estado de esas reforestaciones de compensación. El coste de un viaje  de un par de personas hasta la Sierra Gorda puede ser de varios miles de euros (sin contar unas pocas monedas más para compensar las emisiones del avión….).

Por otra parte están los beneficios positivos del efecto publicitario de esta campaña. Es una de esas campañas de poco gasto y un alto efecto potencial, porque al tocar un tema sensible, los medios enseguida recogen la noticia.

Pero ¿cual es el coste total de esas compensaciones? Debe ser mucho más alto que el coste real de hacer las reforestaciones y pagar a los campesinos locales. Al menos eso me permito deducir si comparamos lo que le costaría a una empresa que tenga que comprar derechos de emisión. Bancaja renting no está obligada ha hacerlo por esta actividad pero si  hubiera optado por pagar esas emisiones en el mercado, al precio actual de unos 15 euros por tonelada  le habría supuesto un sobrecoste de unos 60 euros.

Si la reforestación cuesta 1 euro por tonelada (más los gastos de gestión menos los del efecto publicitario) y la compra en la bolsa 15, evidentemente este tipo de proyectos deberían proliferar muchísimo. Y no hay tantos.

Pero este mercado es bastante volátil y Bancaja podría comprar esos derechos de emisión donde y cuando estén mucho más bajos. Como no tiene obligaciones legales podría decir que los compra y hacerlo en la bolsa de  Chicago. El efecto publicitario sería casi el mismo, la satisfacción del cliente de haber hecho la penitencia oportuna hubiera sido semejante, pero el precio por tonelada bajaría a solo 0,05 dólares:

En este caso el coste de la penitencia ascendería a unos 20 centavos de dólar por los 25.000 km., unos 15 centimicos de euro. Se nota que Mexico está más cerca de Chicago que de Europa.

Al menos la plantación de árboles en Mexico puede tener otros efectos positivos. Eso espero.