Algunos árboles se han hecho famosos porque participaron en hazañas y eventos históricos. En general su papel en ellos se reducía a proporcionar sombra a personajes egregios. Pero en algunos casos ese pequeño papel secundario ha servido para crear verdaderos centros de interés que aparecen con profusión en los folletos turísticos.
Como los árboles tienen por costumbre morirse antes o después, y no pueden trasladarse con soltura, algunos han tenido la ocurrencia de considerar que los retoños de esos famosos árboles han heredado sus virtudes, especialmente la de seguir dando sombra a grandes hombres. Así se han creado no pocas sagas leñosas de las que los habitantes de las proximidades se suelen sentir muy orgullosos.
Es el caso por ejemplo del árbol de Gernika en el País Vasco. Pero hoy me voy a detener en las historias de un par de árboles argentinos, ligados a la historia del general San Martín, el liberador de los países del cono sur americano.
El valor cultural y emocional de estos árboles se lo da la gente, que es capaz de conformarse con este papel de sombrilla siempre que el árbol sea esbelto y destacado. Pero es peligroso intentar conocer más a fondo su historia, porque esta suele resultar terriblemente desmitificadora.
San Martín era el hijo de un oficial español que fué encargado de desmontar las reducciones jesuíticas a fines del siglo XVIII y someterlas al régimen colonial habitual. Para ello se instaló en la misión de Yapeyú, que por encontrarse a orillas del río Uruguay servía de puerta de entrada al territorio jesuítico. Allí nació y pasó sus primeros años el futuro general.
En realidad el general San Martín no vivió muchos años en América, pues a los 8 fue enviado a estudiar a España. Solamente a los regresaría a Argentina para luchar por la independencia de su país de los juegos infantiles y doce años más tarde saldría definitivamente para exiliarse en Europa, donde murió en 1850, relativamente olvidado. En su tierra no le levantaron un monumento hasta 1862.
Pero entretanto Yapeyú había quedado arrasada. A principios del siglo XIX fue repoblada por catorce familias galas. Aunque ahora es un hermoso pueblo, apenas cuenta la mitad de población que la que tenía hace doscientos años.
Años mas tarde un aventurero vasco-argentino del que ya hemos hablado, Florencio Basaldúa, pasó por Yapeyú en 1899, localizó las ruinas de la casa en las que según la tradición había nacido, aunque algunos historiadores lo han puesto en duda.
Basaldúa o alguno de los creadores de tradiciones que pasaron por Yapeyú debieron quedarse prendados de un hermoso árbol situado en el centro del pueblo. Se trataba de un higuerón (aunque en la foto actual aparece denominado como Citrus citrifolia en realidad parece tratarse del ibapoí, Ficus Monckii). A falta de referencias reconocibles, más allá de unas dudosas ruinas, dedujeron rápidamente que ese debía ser el árbol en donde de niño jugaba el pequeño San Martín.
Es verdad que a las personas nos atraen los árboles grandes y raros. Si tienen ramas accesibles son un juguete fantástico para los niños. El ibapoí ni siquiera es un árbol habitual sino una planta leñosa epifita que suele crecer sobre el tronco de otros árboles a los que acaba estrangulando – se le conoce como “tragapalo”-, creando raras formas. La deducción de Basaldúa podía ser justa, pero se equivocaba en un siglo. Los árboles singulares también tienen el defecto de crecer como seres vivos y no comportarse como monumentos estáticos. Lo que vio y llamó la atención de Basaldúa no podía tener el mismo tamaño y forma un siglo antes, entre 1778 y 1786, cuando vivía allí el futuro libertador.
¿Cómo era el higuerón en esa época? Según una foto de los años 50 parece tener casi dos metros de diámetro. En 1986 el árbol cayó en un vendaval. Era la ocasión de hacerle una “autopsia” y saber qué diámetro y altura podía tener dos siglos antes. Pero no he encontrado ninguna información.
Sí he hallado en cambio una curiosa noticia. En 2008 el diario argentino la Nación publicó un artículo en el que se entrevista a una descendiente de esos repobladores franceses, llamada Susi. Transcribo de ese artículo:
“Ella aporta un dato curioso sobre el higuerón que se encuentra en la plaza central, referencia ineludible cuando se menciona la niñez del prócer, que jugaba allí, según se cuenta. Buscando datos sobre sus parientes, Susi encontró un documento que demuestra, según dice, que esa especie de árbol fue traída por los colonos franceses, años después de la muerte del Libertador.
‘Es un dato que cambia la historia’, afirma, exagerando un poco y algo preocupada porque la versión despierta polémica. Lo cierto es que los típicos higuerones de esta región son un atractivo en sí mismos, como raras esculturas que se ven, entrelazadas con otras plantas, en cada calle, y sobre todo en el campo”.
Ahora sobrevive el retoño, que a sus 23 añitos ha alcanzado ya más de medio metro de diámetro. El que se cayó, con sus supuestos 300 años apenas alcanzaba los dos metros.
La historia del libertador San Martín también nos ha dejado otro árbol famoso, que ha dejado no uno, sino innumerables retoños. Desgraciadamente también este corre el riesgo de ser desmitificado cuando lo estudiamos más a fondo.
Se trata del “pino de San Martín”, que crece en la ciudad de San Lorenzo, a orillas del río Paraná. En ese lugar se entabló en 1813 una de las primeras batallas entre los independentistas y las fuerzas españolas. Ese combate no fue en realidad más que una escaramuza que duró poco más de un cuarto de hora entre 120 jinetes dirigidos por San Martín y un par de cientos de infantes que habían desembarcado en las cercanías.
El papel de este árbol en la historia Argentina fue el de haber dado sombra cuando el general dictaba el parte de la victoria. Las autoridades vivas a partir de finales del siglo XIX le dieron una gran relevancia. En 1904 se construyó una verja a su alrededor y una más en 1923, porque “los viajeros y excursionistas en su afán de poseer un recuerdo de su visita a aquellos lugares deshojan y hasta despojan de sus ramas a este árbol de las glorias legendarias exponiéndole a serias vicisitudes” (citado)
Los retoños de este árbol se empezaron a plantar por doquier, en ciudades y guarniciones. En un rápido repaso los hay en Mendoza (plantado en 1925), Santa Rosa (1927), Santa Fé (1949), Diamante (1950), Tres Arroyos (1952), La Plata (1994) y en innumerables lugares más.
El campo de la batalla al que va unido este árbol estaba en las inmediaciones del convento de San Carlos, que había sido fundado en ese lugar pocos años antes. Consta que el terreno fue cedido en 1790 y la construcción del convento no se inició hasta 1796. El pueblo actual que rodea al convento empezó a levantarse a mediados del XIX.
Hay un par de cosas misteriosas en torno a este árbol, que en parte recuerdan al asunto del higuerón.
En este caso se trata de un pino piñonero (Pinus pinea), procedente de la península ibérica, ya que no es autóctono. Hay escasas posibilidades de que alguien lo hubiera plantado en un terreno desierto. Puede que hubiera alguna estancia anterior de la que no haya quedado rastro. Pero todo, incluso los historiadores que hablan de la batalla y el pino, dicen que fueron los frailes quienes lo plantaron. Si la construcción no empezó hasta 1796, en el momento de la batalla el pino debía ser un arbolillo de menos de quince años. Esta especie crece lentamente y tarda bastante más en formar una copa alta y abierta.
Aunque en estas tierras el arbolado crece muy bien, no parece que fuera tiempo suficiente como para que su silueta proporcionara mucha sombra a un grupo de militares (se sabe que San Martín herido solamente firmó el parte, pues fue escrito por uno de sus oficiales). Al lado estaba el convento, todavía inacabado, pero con mesas y sombras, en donde se curaban los heridos, sitio más apropiado para que el comandante redactara su informe.
Estaríamos seguros de que fue bajo el pino donde se escribió el famoso parte si hubiera referencias precisas, pero al igual que en Yapeyú el interés por el árbol no se empezó a despertar hasta muchos decenios más tarde, una vez muerto San Martín. No se habla de él en las crónicas del combate. La primera referencia escrita es de 1880 en un pequeño folleto escrito por Mitre, de reducida tirada, que lo repite en su biografía del general editada en 1889. El mito arbóreo ya estaba lanzado, unido al del general.
Los pinos piñoneros pueden ser muy longevos y vivir varios siglos. El aspecto actual del árbol no es muy sano. Tuvo una grave crisis en los años 50, cuando fue tratado por un científico japonés con auxinas y aun conserva una estructura metálica para su riego y tratamiento.
La prueba definitiva de si este pino existía y era de tamaño suficiente en la época de la batalla como para jugar su papel de proporcionar sombra a los héroes sería el taladrarlo y contar los anillos. Desconozco si se ha hecho. Supongo que no.
En el convento se puede encontrar una publicación que reúne toda la información documental sobre el combate, así como un museo con numerosas referencias sobre el árbol, como fotografías, cuadros… y una rama que rompió el viento en 1993. Se me ha ocurrido la sacrílega idea de contarle los anillos. Lo he hecho rápidamente y con poca precisión, pues hay algunas zonas en donde es difícil distinguirlos. Pero no me salen más de 130 años.
En los cuadros de hace medio siglo se puede ver la rama que se desgajó, la de la izquierda. Nace a unos cuatro metros de altura.
Para saber la edad total del árbol habría que añadirle los años que tardó el pino en crecer hasta esa altura, no más de una veintena. En total, de forma burda me sale que ese árbol nació a mediados del siglo XIX. Puede que me haya equivocado y haya que añadir una veintena más de años… pero no hay forma de lograr que tenga los dos siglos que debiera tener para honrar su sombra.
Posiblemente ya era un árbol crecido cuando a finales del siglo XIX empezó a recuperarse la historia y crecer la leyenda en torno a San Martín. No fue hasta 1880 cuando su cadáver fue trasladado a Argentina y su figura definitivamente recobrada tras no pocos años de olvido.
Contando su primera infancia San Martín solamente vivió 20 de sus 72 años en la América por la que luchó. Destruida su Yapeyú natal, habiendo residido mucho tiempo en Chile y Perú, no debieron quedar muchos recuerdos tangibles, máxime cuando pasó sus últimos treinta años en el exilio. A falta de ellos fueron asimilados los árboles que crecían destacados en los lugares que conoció, sin que los admiradores del libertador tuvieran en cuenta que probablemente aún no existían cuando vivió.
Resulta sin embargo interesante comprobar con qué facilidad se adhieren los recuerdos históricos a los árboles singulares. Incluso cuando estos no vivían cuando sucedieron los hechos. Tal vez esto explique que sus retoños sean capaces de sostener una parte de ese valor mítico. Algo que no aceptamos ya de los humanos, que la nobleza de sus valores pasen automática e indefectiblemente de padres a hijos por el solo hecho de la herencia de sangre, lo admitimos en estos árboles. Se convierten así, por encima de su referencia a personas concretas, en una especie de monumento al “ancien régime”, basado en el carácter hereditario de los derechos monárquicos y nobiliarios.













Enhorabuena, Jesús !
El texto que he leido resulta muy ameno y entretenido. Y así sí puede uno detenerse a leer curiosidades forestales.
Me encanta tu iniciativa del blog … y que Silvia lo difunda a través del Indforma.
Un abrazo,
Alvaro